Hay algo extraordinario en los momentos más simples de la vida. Cuando un bebé llega a casa, todo cambia: los días parecen largos, pero las semanas vuelan. Las pequeñas rutinas, como acunar al bebé en el sofá, alimentarlo en las primeras horas del día o simplemente contemplar su respiración tranquila, son tan fugaces como hermosas. Y es ahí donde ocurre la verdadera magia.
En esta sesión, mi enfoque fue acompañar a la familia con calma y sensibilidad, dejando que los momentos fluyeran de manera natural. Mi prioridad siempre es que los padres y el bebé se sientan cómodos. No llevo escenarios ni accesorios complejos; en cambio, dejo que la casa misma cuente su historia. Las caricias espontáneas, las risas compartidas y las miradas llenas de complicidad son los protagonistas de estas imágenes.
Creo que una sesión de fotos debe sentirse como un día más en casa, sin interrupciones ni presión. Hablo con los padres para conocer su dinámica, respeto los tiempos del bebé y me adapto a su ritmo. Si hace falta una pausa para alimentar o consolar, no hay problema: todo forma parte de esa realidad que quiero capturar.